Las clases
Hace
como veinticinco años tomé clases de actuación en un centro cultural municipal.
El profesor nos hacía trabajar la técnica surrealista del automatismo.
Escuchábamos música sinfónica mientras movíamos el cuerpo por el espacio hasta
que el sonido se interrumpía y el profesor nos indicaba que dijéramos un texto
sin premeditación, lo que saliera a partir de ese estado. Surgían palabras y
frases imprecisas, poéticas, absurdas y lógicas, imposibles de recordar incluso
para quien las creaba. Cuando interactuábamos, nuestros textos autómatas se
mezclaban y lo que salía era un disparate inconexo de palabras que iban a
desaparecer para siempre. Tal vez esa fue la mejor aproximación a la
dramaturgia que tuve. Fuimos autómatas durante muchos meses, pero la institución
exigía al profesor una muestra de fin de año para el público cautivo que iba a
tener que vernos. Creo que, antes que mostrar las locuras que salían en clase,
y por un tema burocrático, el profesor prefirió que actuáramos textos tradicionales. El personaje que me tocó en suerte era una trabajadora sexual
que vivía en una pensión y que tenía fobia a las cucarachas; sufría paranoia y estaba
convencida de que era una marquesa. Su amor de turno era un poeta aficionado y
pobre, al que ella llamaba señor Chéjov. No viene al caso decir de qué obra se
trata. El autor es Tennessee Williams, que no practicaba la técnica del
automatismo.
A
mi primera clase de actuación fui con ropa de oficina porque tenía que estudiar
y trabajar. El resto de mis compañeros vestía ropa cómoda, según había indicado
el profesor. En la sala había lámparas que nos alumbraban en tonos rojos y
dorados. Yo no estaba habituada a ese tipo de iluminación. Comenzó a sonar una
música melancólica y el profesor indicó que nos moviéramos por el espacio sin
decir nada. Pasaron más o menos quince minutos. Cuando la música llegó a su
fin, noté que mis compañeros habían estado llorando porque tenían los ojos
irritados o secaban lágrimas. Finalmente, el profesor nos preguntó qué
sentimos. No recuerdo qué dijeron mis compañeros, pero todos hablaron de memorias
y nombraron distintas emociones. Yo respondí que había querido llorar, pero no
sabía si estaba permitido. El profesor me respondió, «Esto no es un
instituto».
En
clase de danza teatro o de teatro danza, primero aprendíamos movimientos de
contact y contemporánea, y luego de un descanso, hacíamos ejercicios de
actuación. Tuvimos que elegir un texto para representar. Yo quise hacer Tabaquería, de
Fernando Pessoa. Cuando le dije a la profesora que había memorizado el
fragmento de un poema: "No soy nada,
nunca seré nada, no puedo querer ser nada, aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo", ella me respondió: Pessoa es muy
bajón.
La
autoobservación de las emociones y de la sensorialidad es fundamental en la preparación
del actor que Konstantin Stanislavski propone en sus teorías. El director
escénico presenta ciertos ejercicios introspectivos, pensados para desarrollar la
memoria emotiva. Un ejemplo es cerrar los ojos y recordar los pasos de una
acción sensorial, como tomar una taza de café. El actor debe recrear la acción
en su mente y en su cuerpo, y lograr sentir lo mismo que en la realidad,
incluso debe sentirlo más intensamente. En una escuela de teatro, tuvimos que
hacer ese ejercicio, que duraba alrededor de quince o veinte minutos. Teníamos
que imaginar el sabor del café, las acciones que lo llevaban a nuestro paladar,
los recuerdos, las imágenes y las emociones que generaba. El objetivo era afinar
la percepción sensorial. Yo tenía como veinte años por esa época y me
preguntaba para qué servía todo eso de la memoria emotiva, si no actuábamos
personajes, por lo menos, en el primer año del curso. Finalmente abandoné esa
escuela y me anoté en una que trabajaba con otro método. Al profesor de la
nueva escuela no le interesaba la memoria emotiva. Nos dijo que era popular la
anécdota de una actriz que se había salido de una clase porque le habían dado
como consigna perseguir un gatito imaginario, y ella se lo tomó tan en serio,
que incluso llegó a salir a la calle para perseguir al animal inexistente; la
gente la miraba y no entendía qué estaba haciendo. Los métodos y teorías de
actuación pueden ser muy diferentes, incluso rechazarse entre sí, pero la
antropología teatral aúna técnicas de todas las escuelas, las explora y toma lo
esencial de cada una, según las necesidades de la creación. Pienso que, si se
toma en serio el estudio del teatro, lo mejor es explorar la mayor cantidad de
métodos posibles. Incluso, el mismo Stanislavski, que creó un sistema
maravilloso, aunque bastante rígido, afirma que la tarea del actor es crear sus
propias poéticas en la composición de un personaje y la representación de un
texto. En general, la gente se burla de cosas sobre las cuales no conoce. Cuando
se forman elencos en el mundo del teatro, lo más probable es que los participantes
traigan conocimientos de escuelas diferentes, salvo excepciones. No estoy de
acuerdo cuando dicen que cada técnica es un modo de ver la vida. Creo en tener
una mirada múltiple acerca de todo.
Mis compañeros de actuación se reían de mis comportamientos sobre el escenario, a mí eso me gustaba, si bien no todo el tiempo mi intención era querer ser graciosa. Me pareció bien desplazar mi comicidad a clases más específicas, y por eso decidí estudiar clown. Fue una de las mejores experiencias de formación no académica que tuve. Me anoté en una escuela de actuación donde se dictaba el curso, con un profesor que, además de enseñar con un método propio, era buena persona. El grupo de compañeros de clase era colaborador y creativo e interactuábamos muy bien. Trabajamos acciones físicas, sin texto, exploramos e intercambiamos ideas, hasta que un día el profesor indicó que era el momento de usar nuestra nariz roja. Usar una nariz de clown es suficiente para producir risa. Quien nunca se ríe es el clown. Muchas veces, cuando se me presentan situaciones disparatadas en la vida, imagino a las personas llevando una nariz roja. Subir a un colectivo, ir al supermercado, tomar un avión con una nariz de clown alcanza para cambiarle el punto de vista a alguien, al menos por unos minutos. Estudiar esa disciplina me situó en la búsqueda constante de la comicidad, incluso por fuera de las clases. Estaba permitido desplegar movimientos por el espacio, conectar con los otros clowns mediante gestos y miradas, hacer crecer la expresividad, pero no podíamos reírnos. La intención de ser ridículo y serio al mismo tiempo era interesante. Solo podíamos decir una oración en todo ese lapso, las palabras no estaban permitidas. Yo me preguntaba por qué nuestros clowns no podían hablar. Hoy entiendo que la ausencia de discurso facilita el despliegue del lenguaje corporal. Las clases eran como la vida: uno hace cosas torpes, muchas veces sin que nadie lo note o sin que lo note uno mismo. La disciplina del clown señala ese tipo de acciones y las convierte en arte. El clown humaniza las imperfecciones de los humanos. Si no hubiera sido por nuestras narices rojas, hubiéramos pasado por gente seria. El clown sería como un empresario que debe presentarse frente a una audiencia en una reunión, pero cuando tiene que decir su nombre, olvida las consonantes, así que dice cómo se llama solo usando vocales, y trata de disimularlo de manera glamorosa. No sé cuánto aprendí de comicidad, pero llevé mi nariz roja dignamente. Mi clown era alguien insegura, y dudaba mucho de todo. En el estudio de clown fue donde más aprendí a reírme de mí misma. Pasaron muchos años, ya no hago teatro. Me considero una clown que perdió su nariz.
Hacer silla se llamaba al ejercicio con el que comenzaban todas las clases de actuación. Ese término se replicaba en todas las escuelas de teatro que seguían el sistema Stanislavski. En medio de una atmósfera que nos aislaba del mundo, se bajaban las luces, y, dependiendo de la escuela, nos sentábamos en sillas de plástico sobre alfombras de estilo persa o sobre un escenario de madera con la pintura gastada. A mí me gustaba más la escuela precaria porque no nos ofrecía estímulos y era necesario usar más la imaginación. Sobre la silla, teníamos que chequear el cuerpo y la emocionalidad. ¿Cómo me siento?, era la pregunta que había que responder. Los maestros nos indicaban que emitiéramos algún sonido, moviéramos las articulaciones, identificáramos tensiones y nos relajáramos. El ejercicio duraba más o menos quince minutos. Cada uno de nosotros era un gran yo enfocado en sí mismo que exploraba sus sentimientos y su sensorialidad. Haciendo silla íbamos en busca del autoconocimiento y de toda una serie de experiencias psicologistas que, por lo menos a mí, me ponían en un estado de angustia. Se nos pedía que fuéramos verosímiles, pero principalmente, que trabajáramos con verdad. A mí me parecía fascinante saber lo que mi cuerpo y mi mente me dictaban en la introspección. Sin embargo, en este tipo de teatro, a mi modo de ver, había poca expresividad. El realismo no implica solamente ser realista, también es necesario ser real. Y ser real es el resultado de la creación, un rasgo que pertenezca solo al personaje y que por instantes aleje al actor de la subjetividad, ese momento de ser otro que brinda la magia del teatro. Stanislavski habla en términos de verdad artística: “la verdad transformada en equivalente poético mediante la imaginación creadora”. Una actriz anciana por quien yo sentía admiración, me invitó a su casa para que habláramos de teatro. Mientras tomábamos té, le dije: para mí, el teatro es una exploración interna. Ella me respondió de forma muy simple: “no, el teatro es para adentro, y es para afuera”. Si en el pasado yo pensaba diferente, tenía que ver con que las escuelas donde se trabajaba el método mencionado, parecían, más que talleres de actuación, centros terapéuticos. Por lo menos a mí, me hubiera gustado jugar más. Los textos dramáticos se tomaban como lugares donde había que sufrir, no hacíamos comedia, solo trabajábamos obras tristes. Nunca estudiamos a Brecht, a Artaud, nunca vimos en clase un texto de Beckett, por ejemplo. Seguramente porque el método del director ruso estaba pensado para ciertos tipos de dramaturgia. De mis archivos: Stanislavski dice, “Más importante que las acciones mismas son su verdad y nuestra creencia en ellas. (…). Pueden comprobarlo ejecutando el acto más pequeño, pero en el que en realidad crean, y encontrarán que la emoción se despierta instantánea, intuitiva y naturalmente”. Si bien Stanislavski también afirma en su método que el sentimiento es el primer y mejor maestro: “sientan su papel y de inmediato todas sus cuerdas internas armonizarán y todo su aparato de expresión corpóreo comenzará a funcionar” por el final del libro Preparación del actor, llama a su método con el nombre de “psicotécnica”. Cierro con una última cita y con una historia que me contó un actor: dice Stanislavski, “el actor vive, llora y ríe en el escenario, y todo el tiempo está vigilando sus propias lágrimas y sonrisas. Es esta doble función, este balance entre la vida y la actuación, lo que constituye su arte”. Hace mucho tiempo, hablaba del método con un actor entrado en años que me dijo que el día en que murió su padre, se sentó sobre su cama a llorar desconsoladamente, y mientras realizaba esa acción orgánica y verdadera, estudiaba la forma en que le sucedía para utilizarla luego en la composición de un personaje. No lo estoy juzgando, solo me asombró lo que dijo.
Dice
Peter Brook: “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario. Un
hombre camina por este espacio vacío mientras otro lo observa, y eso es todo lo
que se necesita para realizar un acto teatral”. En una sala pequeña de un
teatro independiente al que nosotros llamábamos escuela, el espacio vacío era
el escenario, pintado de negro, con cortinas negras de fondo; practicábamos
formas de caminar. Los estudiantes nos dividimos en actores y público. Éramos
una pequeña sociedad cerrada durante las horas de clase, iluminados por luces discretas
y blancas, y si bien en ese momento nos sentíamos únicos, éramos personas
comunes y corrientes que querían ser vistas. La consigna era que camináramos de
formas imaginarias: con un corsé en el torso, con libros en la cabeza, con
piedras atadas a los pies, bajo una lluvia torrencial o con un viento en
contra, por la calle en una noche oscura, abriéndonos paso entre una multitud.
La profesora nos decía que esos ejercicios sensoriales nos iban a servir al
momento de componer la forma en que se movía algún personaje que nos tocara crear.
Estas clases no estaban pensadas para hacer una muestra de fin de año; el
entrenamiento solo nos ofrecía herramientas para poner en práctica en algún
proyecto en el que tuviéramos la suerte de trabajar si nos elegían en algún
casting, o si lográbamos formar algún elenco. Luego tuvimos que movernos como
si un hilo imaginario nos tirara con ímpetu desde alguna zona de nuestros
cuerpos. Pasamos a realizar la actividad de a uno. Mis compañeros caminaron con
un hilo que los impulsaba hacia adelante desde la frente, la nariz o el mentón;
hacia arriba en el medio de la cabeza, desde las caderas, las rodillas, los
hombros. Nos reíamos mucho, caminábamos de manera histriónica y resultaba
extraño movernos de ese modo. La experiencia fue lúdica e hiperexpresiva, hasta
que la profesora nos dijo: “Bueno, ahora, caminen por el escenario y que sus
compañeros les digan qué ven”. A partir de esa indicación, todos dejamos de
reírnos. Cuando caminamos normalmente, nuestros compañeros notaban cuál era el
hilo que nos hacía avanzar. Un chico caminaba sacando pecho; una compañera apuntaba
su frente; otra tenía un hilo que la hacía caminar desde el mentón; alguien
caminaba con las rodillas. Todos fuimos como éramos en la realidad y también
como personajes. Nadie era perfecto; nadie caminaba como una modelo de Gucci o
como un elegante actor de Hollywood. Ese día yo hice trampa. Como sentía
timidez, decidí caminar de la forma más neutra posible, como si ningún hilo
pudiera controlarme. Un compañero de clase dijo que mi forma de caminar era
indescifrable; pero la profesora señaló que se destacaba en mí el caminar impulsado
por la zona de las crestas ilíacas. Nada es neutro en el teatro, como en la
vida. Aún la inexpresión es una forma de expresarse o de intentar esconder
intenciones. No hubo texto ni partituras de movimientos. Solo fuimos unos
cuerpos en un espacio vacío llamado escenario desnudo. Caminamos por ese
espacio siendo observados, y eso era todo lo que necesitábamos para sentirnos
parte de un hecho teatral sin mayor importancia que para nosotros mismos.
Cuando veo gente circular por la calle, a veces trato de prestar atención a
cuál es el hilo que los impulsa a avanzar por la vida. Pienso que son
diferentes los hilos que tiran de un poeta, de alguien que ama el dinero, de un
empleado de panadería, de una señora jubilada, de un niño. Todas las personas tenemos
una forma poética de caminar. Basta con prestar atención e imaginar qué
motivaciones dirigen esa poesía.
Pensé en los bares de las escuelas de actuación donde estudié y compuse uno que mostrara qué ofrece el bar de un teatro independiente. En un lugar así se pueden encontrar: tostados de jamón y queso, té de jengibre y miel, triángulos de limón, agua mineral, café, chicles de menta, cigarrillos Marlboro, gaseosas light. Pañuelos de papel, horquillas, hilo y aguja, una revista de Avon. Las bebidas alcohólicas no se ven. Puede que un gato gris duerma sobre la barra. El bar del teatro no cuenta con televisión, pero sí con buena música. Está diseñado para los actores, que en las clases son su propio público. Las paredes están pintadas de negro, las luces son doradas y suaves. El local abre a las seis de la tarde, cuando comienza la actividad teatral. Las puertas están siempre abiertas para que pueda ingresar quien lo desee, pero la gente que pasa caminando nunca entra. En ocasiones aparecen estudiantes de cine que piden permiso para encender las cámaras y registrar lo que hacemos. Cuando terminan las clases, nos reencontramos en el bar y hablamos de las escenas que nos tocó hacer, de nuestros personajes, de obras de teatro, de los castings o de nuestras vidas. Al día siguiente, casi todos tendremos que asistir a un trabajo de oficinas, consultorios, tiendas, restaurantes, estudios jurídicos. Llegaremos mal dormidos y con ganas de que sean nuevamente las seis de la tarde.
Hace
unos catorce años tomé clases de dramaturgia. Durante los cuatro meses que duró
el curso, escribí una obra de teatro autobiográfica sobre violencia de género.
Sin que yo tuviera la intención, el texto resultó controversial y causó rechazo
en los lectores de la clase. Todos opinaban algo diferente sobre lo que había
escrito, y en la hora de recreo, nadie me hablaba. Finalmente, me acusaron de
plagio. Seguí cursando hasta que terminé mi obra, que era una copia de lo que
me había pasado en la vida.
Fui
una actriz amateur que estudió teatro con el compromiso de una actriz
profesional, tal vez siempre supe que mi talento no tendría mayor alcance, lo
comprobé en todas las audiciones en las que no salí seleccionada. Lo anterior
es solo una interpretación de las metodologías y técnicas que tuve el
privilegio de aprender. Seguramente todos los métodos son válidos y tendrán
impactos diferentes en el instrumento del actor o de la actriz. Ya no hago
teatro, hace muchísimos años pausé la disciplina, pero sigo leyendo sobre el
tema. No lo leo como técnica, sino como filosofía. Del teatro, lo que permanece
en mí son los recuerdos, todo lo aprendido, y la posibilidad de escribir sobre
eso.
Historias
Los métodos
En
un teatro sin butacas aterciopeladas del barrio de Once, se estrenó esa noche
la comedia de Molière que ensayamos tantos meses. En la preparación del actor
surgían conflictos por las técnicas que traíamos de diferentes escuelas de
teatro, pero nuestros personajes se llevaban muy bien en el espacio
escénico.
Durante
el ensayo general, los actores se retiraron al camarín que compartíamos todos.
Yo me quedé con el vestuario puesto, quería afinar un poco más el personaje y
seguir con el entrenamiento, que nunca termina. Busqué un lugar apartado,
encontré un pequeño cuarto en desuso sin espejos ni ventanas. Cuando prendí la
luz, aparecieron objetos falsos, retazos textiles, zapatos viejos, papeles con
letras impresas y un silencio para mantener la concentración.
Sobre
una silla, comencé a relajarme, probé formas de respirar, roté las
articulaciones, dije mi texto, repasé los movimientos físicos y, al igual que
mi personaje, logré sufrir un poco aplicando el método de la memoria emotiva
que había estudiado en diferentes escuelas de actuación. Pronto habría que
salir a escena. Quise saber cómo iban mis compañeros con la preparación. Salí
del cuarto, pero no había nadie. Crucé la sala de ensayo y fui hasta la planta
baja. Pregunté por el elenco de la obra francesa que comenzaba esa noche. Me
dijeron:
─Están
todos jugando al pool en el bar de la esquina.
Con
el vestuario puesto, caminé rápido al café. A través de mi imagen reflejada en
la vidriera, mis compañeros comían salamín y queso, tomaban cerveza, cortaban
pan, se reían con todo el cuerpo. Alguien arrojó maníes; otros fumaban
cigarrillos mientras los tacos golpeaban las esferas de madera que se movían en
distintas direcciones sobre la superficie de pana verde. Se alegraron de mi
presencia y me invitaron a tomar algo. Estaba para quedarse, pero ya era casi
hora de volver.
Salí de mi camino
El
bar del teatro funciona a sala llena. En mesas distantes se encuentran los
alumnos de actuación: un autor corrige un guion escrito por un amigo. Una
señora memoriza una escena de la película La fiaca. Un boletero separa billetes
con un litro de whisky en la mochila. Una soprano vocaliza en un piano viejo
que nadie toca. Un chico que viene de zona sur está concentrado en su personaje
y no habla con nadie. Un compañero y yo pasamos la letra de una obra de
Ibsen.
Un
actor afirma:
—No
hace falta leer la obra, solamente la escena.
Comienza
un debate general.
La
maestra de actuación vino de otro país y fue una de las primeras en llegar.
Está sentada en la sala sobre una butaca roja con agujeros. Su asistente le
trae mentitas del quiosco. Ella saluda con ojos brillantes y una expresión
rígida. Comienzan los ejercicios.
Cuando
es mi turno, la profesora pide que cinco alumnos suban al escenario y se
ubiquen en fila enfrente de mí. Conozco la actividad, es un clásico en las
escuelas de actuación. Pienso que me voy a aburrir un poco. Tengo que decir a mis compañeros que salgan
de mi camino y lograr que se vayan del escenario.
Con firmeza digo al boletero: salí de mi camino; el boletero sale. El chico de zona sur tiene cuerpo de guardaespaldas y anteojos de intelectual. Cruza los brazos, separa las piernas. Es fácil decirle que salga de mi camino y sale. En tercer lugar, aparece la soprano, me mira con una sonrisa extraña, con ganas de divertirse. Varias veces le ordeno que salga de mi camino, pero se queda. Le hago entender que debe salir de mi camino, aunque se haga la tonta. Rompo la cuarta pared y miro al resto de la clase, repito a la chica, salí de mi camino. Pienso que está haciendo trampa. Me rindo. Comienzo a bajar del escenario.
─Stop.
Irrumpe la profesora.
─Decile a tu compañera: por favor, no salgas de mi camino.
─ ¿Qué?
—Que
no salga de tu camino, resume.
La
cara de la chica pasa de la burla al asombro, tampoco ella esperaba que se
modifique el ejercicio; mira a la profesora buscando instrucción. La profesora
le indica con un gesto que se quede sobre el escenario. Me pregunto si la
profesora me está ayudando o si me dejó completamente sola. No sé cómo seguir.
Hago una pausa. Respiro. Me acerco a la chica. Reemplazo sus ojos por los de mi
hermana. Le pido:
─Por
favor, no salgas de mi camino.
La
soprano me abraza manchándome la cara con rubor, y sale. La profesora da por
finalizado el ejercicio.
El hall de un teatro barrial
La entrada del teatro de mi barrio estaba llena de carteles de papel escritos con marcadores y fijados con cinta adhesiva sobre las paredes: queda prohibido ingresar con alimentos, o bebidas alcohólicas. Actores: apagar el aire acondicionado después de los ensayos. No se permite fumar. Para hablar con el director, anúnciese en boletería. Alumnos de tai chi, usen la puerta de rejas blancas, a la derecha. Clases de canto con el profesor Alexis, martes de 18:00 a 20:00 horas. No tocar los trofeos. Una placa de bronce decía: este teatro contó con la presencia del escritor Jorge Luis Borges. En una ocasión, el director del teatro me dijo:
—No
importa tanto el valor de la entrada, lo que uno quiere es ver gente.
─Sentate
en la luz. Sacate los anteojos. Soltá los brazos. Respirá profundo. Llevá la
respiración al vientre. Lento. Sacá la respiración emitiendo un sonido, un
sonido cualquiera. Bien. Una vez más. Bien. Última vez. La idea es que te
presentes y cuentes una historia. Sin interrupciones. No me hagas preguntas. No
más de cinco minutos. Podés empezar.
─Soy
Laura, tengo 23 años. Quiero estudiar actuación porque quiero ser actriz y para
aprender a expresarme. Me resulta difícil decir lo que siento o reaccionar de
algún modo si alguien me agrede, por ejemplo. Trabajo dictando clases de
idiomas; me gusta mucho enseñar. En mi tiempo libre, escribo. Empecé un taller
literario a los 18. En ese taller aprendí a leer ficción y a apreciar el cine
arte, pero no a escribir. Un año después, se publicó una antología de los
textos que trabajamos en clase y se presentó en un evento. Los alumnos
habían venido con sus familias y amigos. Yo no invité a nadie. En mi casa me
preguntaban para qué estudiaba eso y a mis amigas les interesaban otras cosas.
Publiqué una prosa poética de dos párrafos en ese libro, por compromiso. El
texto trataba de una situación imaginaria sobre una pintura que vi en un museo.
Antes de la presentación, los talleristas charlamos un poco. Se me acercó uno
de los jóvenes de la clase, le dije que escribía muy bien. No me agradeció,
seguramente porque ya lo sabía. Un señor de unos cuarenta y cinco años publicó
en aquel libro una historia de amor que era una alegoría de la música; me
acerqué a saludarlo y lo felicité. Hice lo mismo con una señora que me llevaba
unos treinta años, que escribió un cuento de humor exquisito. Yo esperaba que alguien me dijera algo sobre mi texto. Lo que
fuera me ayudaría a mejorar mi escritura. Uno de mis compañeros me dijo que
había muchos talentos, y que mi talento era ser una chica linda.
Otro compañero mencionó que había notado un lunar muy pequeño en mi boca. Me
pidieron mi teléfono, me preguntaron qué hacía después. Nadie dijo nada sobre mi texto y yo pensé que era mejor
no preguntar. Más tarde pasamos a un salón con piso de parqué. La profesora se
encontraba sentada en la punta de una mesa muy larga, rodeada por los alumnos.
Los integrantes del taller debíamos leer fragmentos de nuestros textos.
Mientras los demás leían, comprendí que mi texto era solo un fragmento. Me dio
vergüenza leerlo. Mis compañeros escribían bien. La profesora era muy buena
docente, y yo la admiraba.
Nos
pusimos de pie, se entregaron diplomas, la profesora mencionó algo sobre el
trabajo de cada uno. De uno de mis compañeros dijo que tenía talento para el
absurdo, como Kafka, y que su escritura era potente. De otro alumno dijo que ya
era escritor. De la señora que escribía comicidad, dijo que había creado un
lenguaje propio; puso como ejemplo a otra chica, que escribía sobre temas
escatológicos, porque todos los temas pueden ser literarios. Continuó haciendo
comentarios sobre la escritura de todos. Cuando llegó mi turno, que fue el
último, dijo solamente: "Ella es una intelectual". Todos aplaudieron. Yo sonreí
con un dolor en la garganta. Eso es todo.
─Muchas
gracias. A veces la gente dice ciertas cosas, sin darse cuenta. Te vamos a
llamar para informarte si podés ingresar a la escuela.
Los actores
En
una entrevista televisiva escuché decir a un director escénico: “En Buenos
Aires hay una serie de farsantes que dicen hacer teatro independiente”. La
afirmación puede ser verdadera o falsa. No importa. Más allá de eso, en el
universo teatral, suenan cosas como éstas:
Después
de la función vamos a Fiesta de Puta Madre.
Si
hay cinco espectadores, se hace la obra.
El
iluminador nos saluda desde la cabina, con un encendedor prendido, para ver si
aguantamos la concentración.
No
hace falta ser cantante. Canta el personaje.
En
un idioma inventado, contar una anécdota a un compañero.
Cuando
vayas a un casting, vas a ver que todos se parecen a vos.
Viene
a clase de actuación, pero no habla con nadie.
No
me gusta que me miren, me gusta ser actriz.
Si
fueras un objeto, serías un diccionario.
Decilo
real y decilo teatral hasta que sea una sola cosa.
No
hace falta que lo actúes.
Dejate
en paz.
Mientras
reparto los flyers, se me acerca una jubilada y me recita poesía.
El
afinador de piano vio un ovni y dice que lo quiso contactar Steven Spielberg.
Creo
que vos pensás de mí, que no tengo ningún talento.
Este
sábado nos dejan pasar gratis al match de improvisación.
Abandonamos
las clases de dramaturgia y nos fuimos a tomar algo al bar de Edgar Allan Poe.
No
hicimos gira internacional ni fuimos premiados. Tratamos de convencer a gente
para que nos viniera a ver. Tal vez nos aplaudieron por compromiso. No hubo
revolución. Cuando aquel director hablaba de farsa, seguramente se refería a
nosotros.
La opinión del público
El
lugar es una plaza del conurbano bonaerense. El espacio, un retablo de títeres
que se mantiene en pie. Los personajes aparecen en forma de animales, que son
muñecos manejados por actores amateurs. El equipo de sonido no es de última
generación; a veces acopla. La música funciona de forma incidental. Un
atardecer ilumina a contraluz.
Una
actriz de pelo negro y largo que vive en una zona de casas bajas habla con un villano
que hace reír. El público le perdona la malicia porque quiere divertirse. La
directora de la obra no estudió puesta en escena ni dirección de actores. Dirige
el espectáculo lo mejor que puede. Un vendedor ofrece algodones de azúcar rosados
y paquetes de maní. Es su día de suerte. Por las gradas circulan mates y pastelitos
de membrillo.
Un
viento inesperado irrumpe en la acción, tira el retablo al suelo y deja a los
actores en evidencia. Ellos intentan ocultar sus cuerpos detrás de los muñecos
con forma de animales. Explotan risas. La cuestión se resuelve en pocos
segundos: la escenografía vuelve a su lugar, los intérpretes recuperan la voz de
los títeres.
Un niño de cuatro o cinco años suelta la mano de su madre y corre hacia uno de los personajes, la actriz de pelo negro y largo que vive en una zona de casas bajas. El pequeño espectador sube al escenario con una torta en las manos. La actriz detiene la actuación para recibir el obsequio. Por un momento se borra el límite entre la realidad y la ficción. Unos minutos después, el niño regresa a su familia y la función sigue su curso sin más variaciones. Se desmonta el escenario o el espacio de la imaginación; solo queda la plaza con un poco de gente simple y cielos que duran instantes.
Una lluvia mecánica
La
obra es Tío Vania, de Antón Chéjov, en el Festival Internacional de Buenos
Aires, 2005.
Astrov
cura enfermos y planta bosques. Elena seduce. Serebriakov, profesor retirado, lamenta
su falta de talento; otros le reclaman el vano sacrificio que hicieron por él.
Vania espera la muerte con resentimiento. Sonia trabaja mucho y está enamorada
de alguien que cura enfermos y planta bosques, pero él no puede quererla. Llamarlos
personajes sería poca cosa. Alguno que otro desaparece. Otros se quedan
quietos, siempre en el mismo lugar. Cuando bailan o caminan, tropiezan sobre un
suelo ondulado, (el escenario está construido con maderas que forman ondas). Las
luces son las de un campo dorado en la Rusia del siglo XIX; para mí, las luces
del teatro siempre son doradas. Una atmósfera mínima: los personajes están sentados
en diferentes sillas y se aburren de la vida en el campo, al igual que otros se
aburren de la vida en la ciudad. Suena la dulce música de una guitarra y el
estruendo de una lluvia que irrumpe en la monotonía, al menos por un instante,
como si algo nuevo pudiera suceder. Es una lluvia de agua real y no marcada por
efectos de sonido, porque la obra es europea y de alto presupuesto. Tal vez esa
lluvia mecánica es un dios que baja para resolver el conflicto. Esos actores
lograron engañarme, aunque solo estuvieran haciendo teatro.
La voz interna: un ejercicio teatral
Quiero conocer el mar Mediterráneo, y si no, no me importa.
Quiero caminar sola por una playa desierta, y si no, no me importa.
Quiero ir por la calle hablando en voz alta y que no sea raro, y si no, no me importa.
Quiero aprender a sentarme en un sofá sin hacer absolutamente nada, y si no, no me importa.
Quiero fumar un cigarrillo ahora mismo, y si no, no me importa.
Quiero mudarme definitivamente a una sala de lectura silenciosa, y si no, no me importa.
Quiero que mi familia sea inmortal, y si no, no me importa.
Quiero que me gusten las series y las películas de Netflix, y si no, no me importa.
Quiero entender todo lo que dice Roland Barthes, y si no, no me importa.
Quiero ver la cara de un fantasma, como para creer en algo, y si no, no me importa.
Quiero que nada me importe, y si no, no me importa.

