Primer día
La joven madre no tiene leche en el cuerpo para lactar a la
niña recién nacida que llora con espasmos y no puede esperar. El sanatorio
cuenta con mujeres que ofrecen ternura para que sus bebés comiencen a vivir en
un ambiente calmo, amoroso y seguro. Una niña hambrienta y una madre que no
puede alimentarla rompen la armonía del cuarto esa tarde de noviembre.
La compañera de cuarto ofrece a la madre de la niña uno de
sus senos para calmar el hambre de la bebé y así restablecer la paz en
el sanatorio.
La boca infantil se prende al pecho de la extraña y bebe la
leche natural. Toca a la mujer y rápidamente se acostumbra a la textura de su
piel, al olor del cuerpo limpio y perfumado. Le agarra el camisón y sonríe
hasta quedarse dormida. Una vez en calma, regresa al cuerpo de su madre
biológica. La mano de la niña agarra el camisón, sonríe dormida, huele la piel enjabonada
y el perfume. En la somnolencia busca el pecho que le dio felicidad, pero es
otro.
Objeto inanimado
Abraza una muñeca de trapo donde termina el borde de la obra
en construcción. No siente miedo ni sabe que está en una zona peligrosa de la
casa. La niña tiene un año de edad y un lenguaje incomprensible o un silencio
que le impide anunciar que va a tirarse desde ese primer piso en compañía de
un objeto textil.
La muñeca tiene cabello de lana roja. Le ofrece un cuerpo
cálido y una sonrisa firme. Las partes íntimas de la niña están envueltas en un
pañal de tela, los pies descalzos, en estado perfecto para morder el piso y
tomar envión.
Su madre escucha la radio, canta tangos mientras barre el
piso o se come las uñas con ojos abstraídos. Tendrá unos veinte
años. El padre trabaja en una fábrica de neumáticos a temperaturas muy altas;
llegará cansado y fuera de horario.
La encuentran más tarde, inconsciente, sobre el montículo de
arena que le salvó la vida. Pero nada puede compararse a la mano de una muñeca.
Los médicos la asisten en el hospital. Los padres la cuidan
en la terapia intensiva. Ahora busca a su muñeca con las manos despiertas, la
mirada atenta y la respiración irregular, pero no aparece.
Verano
La pileta es redonda y tiene bordes amarillos inflables. El
agua es baja y clara, suficiente para lo que pueda suceder, como apagar el
calor. La niña tiene en las manos una percha para colgar camisas, fabricada con
plástico y alambre barato. Tiene la edad en que están saliendo los primeros
dientes, así que casi todo sucederá en su boca: la materialidad es blanda, pero
también es rígida, como un mordedor de última generación. Las encías muestran
un color rosado que cada vez se vuelve más intenso. La forma del objeto fascina
y extraña; las manos pequeñas lo giran, lo elongan, lo envuelven con los dedos
apretados. El objeto regresa a la boca una y otra vez hasta que se vuelve
familiar y placentero para los huesos invisibles que pronto se convertirán en
dientes. Más tarde, el gancho del objeto cuelga por debajo de la lengua y las
encías lo aprietan hasta que la boca empieza a sangrar. La niña observa cómo el
agua se va tiñendo de rojo hasta que el juego se convierte en dolor y lágrimas.
El llanto advierte a la madre de que algo está mal. La mujer intuye una nueva y
terrible travesura de la niña exploradora. Entonces se acerca.
Un regalo
Deshice
las vainillas, las mezclé con dulce de leche, uní los ingredientes con las
manos limpias, convertí la pasta en pequeñas esferas y las hundí en coco
rallado. Luego armé una cajita de cartón, la pinté con témpera de distintos
colores, le pegué brillantina dorada y retazos de tela roja a lunares blancos.
Terminé el diseño con un moño amarillo de papel crepé. Si la maestra de sala de
cinco me había felicitado, seguro que mi madre iba a recibir el presente con un
abrazo y una sonrisa; y ese día, seguro que me llevaba a jugar a la plaza de la
calesita. Esa tarde, iba a agarrar la sortija de la mano del señor antipático
que casi nunca la soltaba.
Sonó
el timbre de salida y caminé de la mano de una celadora hasta el micro escolar
con la cajita en la mano. El viaje fue más largo que nunca. Viajé sentada sola,
como siempre. No tenía amigos en el jardín; en el recreo jugaba sola y comía la
merienda que me regalaba mi abuela. Lo único que quería era llegar para que
mi mamá se pusiera contenta con el regalo que yo había hecho. Cuando el
vehículo se detuvo en la puerta de mi casa, la celadora me ayudó a bajar y me
entregó a mi madre. Subimos la escalera por separado; yo sabía cómo subir una
escalera. Mi madre no notó la presencia de la cajita en mis manos, acostumbrada
a que trajera manualidades a la casa luego de la jornada escolar. Cuando llegamos
al comedor del primer piso, le entregué el regalo del Día de la Madre y le dije:
hoy aprendí a hacer bombones, feliz día. Ella sacó el moño amarillo, despegó la
cinta de tela a lunares rojos, y rompió la parte superior del envoltorio. Tomó
un bombón y lo introdujo en su boca, después otro y luego otro, hasta que la
caja quedó vacía. Sus movimientos fueron precisos, pero su mente estaba atrapada
en alguna obsesión que transportaba su mirada lejos de mis ojos expectantes.
¿Están ricos? Pregunté, mi madre solo asintió con ínfimos movimientos de su
cabeza y así fue que la respuesta era sí.
Instrucciones
Con el tiempo, mi musculatura, mi devoción y mi destreza se
convierten, para mi madre, en fuerza de trabajo. Tengo ocho años y, al llegar de
la escuela, me encuentro en distintas partes de la casa cuidando a mis dos
hermanas menores. ¿Para qué contratar a una extraña cuando se tiene una hija
mayor?
Antes de salir a trabajar, mi madre me deja una lista de
tareas:
Hacer las camas
Barrer
Cocinar algo liviano
Terminar los deberes de ciencias naturales
Lavar los platos
Especialmente, lavar los vasos con meticulosidad hasta que
queden totalmente transparentes. El agua y el vidrio deben verse idénticos al
ser examinados a la luz del sol.
Uno de esos días tan parecidos en que una copa muestra una
suciedad rebelde, tomo una esponja de alambre y la encierro con mi mano en
forma de puño con movimientos giratorios. Es intenso el deseo de perfección, de recibir el reconocimiento de mi
madre al inspeccionar la vajilla. El puño funciona aceitado por la mezcla de
agua, lavandina y detergente. El vidrio se lastima con las hebras del metal, el
puño se expande hasta que la copa estalla en pedazos. Mi mano infantil, con
torpeza, da uno o dos giros más sobre el cristal partido. La piel se corta
profundamente y la mano, ahora extendida, empieza a sangrar en abundancia.
Busco un trapo mojado y envuelvo la herida, luego la cubro, tontamente, con una
gasa y una cinta de plástico adhesivo.
Son aproximadamente las tres de la tarde. En el hospital, la
piel de la mano es reparada en cuatro o cinco puntos. Desde entonces, mi madre
cree más conveniente contratar a alguien para realizar las tareas del hogar y
cuidar a las niñas.
Escuela religiosa
Debía confesarme por primera vez con un sacerdote, por la mañana, en la iglesia de la escuela. Había que hacer fila porque pronto las chicas de cuarto grado iban a tomar la primera comunión. Ni las maestras ni las hermanas religiosas nos habían dicho de qué se trataba el momento privado con aquel señor; solo sabíamos que había que confesar nuestros pecados. A esa edad, yo me consideraba una buena persona y pensaba que nunca había hecho algo malo. Realmente no sabía qué debía decirle al párroco que nos esperaba sonriendo, con sus rodillas sobre una construcción de madera, vestido con una túnica blanca. Las palmas de sus manos en posición de rezo.
No sentí miedo ni vergüenza, porque no tenía nada que ocultar. Las compañeras que salían de confesarse no contaban nada de lo sucedido adentro del cuarto. Quise preguntar a alguna de mis amigas qué había que hacer, qué les había dicho el sacerdote, pero no me animé, ante el silencio culposo en el que estábamos sumidas.
Cuando
llegó mi turno, saludé al sacerdote con respeto, me arrodillé, puse las manos
en posición de rezo con un rosario entre mis dedos, e improvisé unas palabras:
—Padre,
mi amiga Carla está enojada conmigo, pero yo no le hice nada. ¿Usted podría
hablar con ella para que quiera ser mi amiga otra vez?
El
sacerdote se cubrió la cara con las manos para contener la risa. Entendí que lo
que dije estaba fuera de lugar. Cuando terminó de reírse, siguió hablándome de
Jesucristo y de Dios Padre. Después rezamos juntos un Padre Nuestro y un Ave
María. Como él se persignó, yo hice lo mismo, luego bendijo mi frente con agua
en forma de cruz y nunca respondió a mi pregunta.
Reconstrucción
Bien podría haber sido la niña mimada que se le cayó a su
madre desde un primer piso, pero por algún motivo, ella eligió otro lugar
para mí. Y tal vez por costumbre, me fui especializando en distintos campos del
saber cotidiano.
Si hacía muchas cosas por mi madre, era porque la admiraba.
Una vez vino a retirarme de la escuela vestida con un chaleco amarillo y blanco
de Adidas, unos jeans que le ajustaban el cuerpo delgado, zapatillas de lona
celeste, y anteojos de sol que le oscurecían un poco la piel
demasiado blanca. El pelo rubio ondulado formaba una cabellera desprolija y
joven. Se había pintado la boca de rojo. Mis compañeritas de clase me dijeron: "Qué linda es tu mamá".
En el barrio la querían porque era una bromista calificada,
y, con su forma de ser avasallante, era la referente de los vecinos, a quienes
ayudaba de distintas formas. En su cuadra la apodaban Ringo Bonavena, por el
famoso boxeador, debido a que, a sus 14 años, le pegó a un tal Vicente hasta
dejarle la nariz ensangrentada por haberse burlado de su hermano.
Si caminaba por la calle, la gente conocida se alegraba de
verla, seguramente porque los había hecho reír de algún modo. Yo no podía más
que estar orgullosa de ella. Qué lindo era tener una madre así. No conocía a
ninguna otra igual.
¿Cómo no complacerla? Cuando mi madre discutía con mi padre,
me golpeaba el cuerpo con palmadas violentas, y después apretaba mi cara contra
la suya, me daba besos en la frente y me acariciaba el pelo; y aunque a mí ese
contraste no me gustaba, sentía que mi deber era aceptar ese tipo de cariño.
A pesar de la buena relación que tenía con la gente, mi madre
desconfiaba del mundo. En ese sentido, siempre veló por la seguridad de sus
tres hijas pequeñas: en la guantera de su auto, que nunca dejó manejar a mi
padre, creo que llevaba un revólver, por si alguien se atrevía a meterse con
nosotras.
Desde niña empecé a preguntarme qué debía sentir por mi
madre.
Hace unos días dije a mi madre que estoy escribiendo algunos
textos sobre mi infancia, pero no le dije qué contienen. Creo que debe
imaginarse de qué tratan. A veces las dos hablamos del tema como comentar las
noticias o asistir a una función de teatro donde somos protagonistas y público;
incluso recordamos episodios traumáticos con la misma liviandad con que nos
reímos de las anécdotas familiares.
Podemos hablar de ese modo porque no le guardo rencor. No le
menciono el motivo por el cual no tengo resentimiento porque no entramos en
confidencias. Estas páginas no son una venganza literaria por una razón muy
simple: el tiempo de ser niña ya pasó, como pasa todo.
A mi madre no le interesa la lectura; dudo que algún día lea
esto. Le pido que me relate episodios de mi infancia para que yo los escriba y
ella acepta sin problemas.
John Cage
Tipeo en las notas del celular con una sola mano porque no sé
tipear con las dos. Esta modalidad se parece un poco al tempo y a la
composición que permite la escritura física. Dicen que no es posible escribir
caminando, pero con el teléfono móvil, se puede; al menos yo lo hago para
atrapar algunas ideas. A veces abordo la escritura de forma instantánea, como
para escapar a la secuencia narrativa. No quiero saber cuál será la siguiente
frase, o que necesariamente se relacione con la anterior. John Cage, un músico
experimental, proponía lo mismo en los años 60 para componer música. Partir del
silencio y no saber qué nota sigue a otra. Evitar el canon melodioso. Dijo John Cage sobre sí mismo que no tenía talento para la música y que no
podía ejecutar bien un instrumento musical. Pero sus obras y sus
procedimientos se convirtieron en objeto de estudio y de inspiración.
Teatro para un espectador
En un festival internacional de teatro presencié una obra en
miniatura. A través de un pequeño hueco, del tamaño de un ojo, podía verse la
obra para un espectador. Las muñecas diminutas se movían dentro de una caja de
madera iluminada; eran mujeres de alambre que recolectaban arroz. “Todo cabe donde se quiere” era el
título del espectáculo o el leitmotiv; no lo recuerdo. Fui feliz por el tiempo
que duró la obra: tal vez un minuto. Después me tomé el tren en Retiro y volví
a mi casa.
Una lectura
Suena una canción de Romeo Santos mientras leo a Amélie Nothomb en la cafetería más cercana a mi domicilio. No soy bienvenida en este lugar, lo sé, pero sigo viniendo, siempre con mis libros. Me dispongo a leer en una de las mesas y me suben la música. Sin embargo, logro seguir la línea de la narración. Incluso tomo nota en mi celular de palabras que nunca uso: voluptuosidad, poderío, notoriedad. Las tomo de la novelita que tengo entre mis manos: Diario de golondrina. Las escribo en las notas digitales para recordarlas porque mi estilo es simple; utilizo un lenguaje acotado. Quiero escribir, pero no tengo papel o lapicera o mi computadora en este momento.
Mi cuerpo está atento a la ficción de Nothomb y a la realidad
del ambiente. Me siento observada, aunque tal vez son solo ideas mías. Estoy en
el café y no lo estoy. No importa. Frente a mi computadora puedo usar el tiempo
presente.
Ya es hora de irme porque necesito ir al baño, no me
gustan los baños públicos. Leí dos capítulos de la novela de la autora belga, a
pesar de que esperaban que me fuera pronto. No pude escribir, pero estoy
escribiendo ahora como si todavía estuviera en la cafetería. Me fascina el café
de ese lugar: sabe fuerte, negro y sin leche. Está hecho con la espuma que
produce una máquina y las manos de alguien a quien no le gusta su trabajo,
aunque ame otras cosas. El vidriado está limpio y deja pasar la luz solar de
forma transparente. O son las tres en punto de la mañana y el living está
iluminado por una lámpara de bajo consumo. Llego a la cafetería y no sé qué
mesa elegir. Pago un extra por el vaso descartable. No hablo con nadie y pongo de mal humor a las meseras que
me asisten: ¿podrías agregarle un vasito de plástico con agua? No es mucho lo
que pido, pero sé que les resulto insoportable. Especialmente cuando me cobran
y me aclaran que mi pedido tiene recargo, aunque nunca me quejo por eso. Tal
vez solo escribo para mí.
Las páginas de la mañana
The morning pages es una sección del libro de Julia
Cameron, El camino del artista, una obra de filosofía liviana con ejercicios de aproximación pedagógica conductista. El manual despliega un
método que ofrece herramientas para desbloquear y explorar emociones y
pensamientos mediante la escritura. El libro se publicita en Google Books: “La
mayoría de nosotros anhelamos ser más creativos y muchos creemos que serlo es
imposible porque, en realidad, no lo somos”.
La técnica del libro busca desarrollar el fluir de la
conciencia en tono confesional. Consiste en escribir sin interrupciones apenas
uno se levanta de dormir; y completar tres páginas con lo primero que aparezca
en la mente. Aunque Cameron aclara que esta técnica “no pretende ser arte”, “ni
siquiera escritura en sentido literario”, de hecho, agrega que no es un libro
para escritores, sino que la escritura es una herramienta más: “Las páginas
están concebidas para que nos familiaricemos con el acto de mover la mano a
través del papel y volcar en él todo aquello que te pasa por la cabeza, sea lo
que sea. Incluiremos todo, por nimio, por tonto, estúpido o raro que pueda
parecer”.
Un ejercicio privado, para no mostrar, para acumular páginas
escritas dentro de cajas. Una especie de diario personal para principiantes.
Reivindico ese libro lleno de frases disparadoras para completar blancos, de
una estructura simplista, por momentos obsoleta. Digo que valoro esa obra
porque genera un tipo de escritura libre, sin juicios; una escritura que no permite
exhibir el ego. Ese libro me enseñó a escribir para mí, sin que me importe
nada. Por muchos años, llené una gran caja con las páginas de la mañana. Un día
decidí quemarlas. Ese tipo de escritura está pensado para desaparecer o para
ocultar. Nunca nadie leyó esas páginas, y nunca las releí.
Cuando me quedo en blanco y me pregunto para qué escribo, y pienso que, al momento de publicar mis textos, no les van a interesar a nadie, me acuerdo de las tres páginas de escribir por escribir. Específicamente recuerdo la alegría que me daban esas páginas matutinas, la dicha de cumplir con esa consigna y el efecto de encontrarme con mis pensamientos y emociones más verdaderos.
Las páginas de la mañana son un disparador para no dejar
pasar epifanías. Son cerca de las 9:00 a.m. en septiembre de 2025. Pasaron
muchísimos años desde la última vez que escribí sin propósito, sin trama ni
conflicto, sin personajes, sin la intención de atrapar a un lector. Cuando algo
se vuelve hábito, con el tiempo se transforma en necesidad. Esa fue la mejor
enseñanza que me dejaron aquellas páginas.
En mi casa tocaron
el timbre para entregar el agua de la semana, y después me ocupé en otras
tareas. La mayoría de mis textos no llegan a tres páginas. Dejo de pensar un
poco en la escritura. Me quedo en blanco. Mi lectura de esta noche será Casa de
muñecas, de Henrik Ibsen. Estuve explorando la obra y ya tengo varias
impresiones para registrar. ¿Será posible saber lo que una va a escribir?
Este texto está editado, por supuesto. Sería imposible
recordar con exactitud las citas del libro de Cameron. Empecé a escribir cerca
de las nueve de la mañana, y ahora son más de las siete de la tarde. Agregué esta
última parte, después de una elipsis de diez horas. Así que creo haber engañado
un poco al lector.
Abro un libro al azar, y copio lo que dice: si su vida diaria
le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo (…). La frase es
de Rilke en el libro Cartas a un joven poeta. Me acompañan dos cuadernos, uno
negro a lunares blancos y uno blanco a lunares negros; ambos con ideas para
escribir y notas sobre teoría literaria que copié durante clases de escritura
creativa. Uno de esos cuadernos, de a poco, se irá transformando en un libro.
Este texto no cumple con el concepto de las páginas de la mañana, es solo el
resultado de las posibilidades que brinda la práctica del libro de Cameron.
Doce horas
Una corporación de logística nos dejaba pan moldeado, cajas
con tortas frescas y medialunas congeladas. Había que ubicar los productos en
las heladeras y los estantes, encontrar el punto al horno, no equivocarse en
los pedidos y ser amable con los clientes. El resto era esperar a que pasen las
horas, aguantar el cuerpo y cobrar a fin de mes. Así veía yo aquel trabajo los
primeros días.
Flora era empleada en la cadena pastelera desde hacía dos
años. Para mí, que solo llevaba cinco días, ese tiempo era muchísimo. Yo
trabajaba para pagar los libros —las fotocopias— de la universidad; Flora era
de Chivilcoy y me contó que vivía en una pensión en Palermo porque le encantaba Buenos Aires. Tendría diez años más que
yo, aunque conmigo se comportaba como una madre. Su pasión y su talento para
vender los panificados al público, sus gestos precisos, sus decisiones
impecables me generaban un gran respeto.
La política del lugar dictaba doce horas de pie, con sesenta
minutos de descanso para el almuerzo. No era parte de la cultura de la firma
que los empleados se vieran ociosos. En la hora libre yo salía a caminar, algo
que Flora me marcó como un error: era más apropiado comer una tarta de
vegetales y luego dormir una siesta en uno de los bancos de la cocina, “para
que no salgan arañitas en las piernas”.
Otro de mis errores fue lavar una fuente de metal con una
esponja de alambre. Flora se acercó con una de goma espuma y la ubicó sobre el
metal plateado, de ese modo yo podía lavar haciendo presión con un material
blando al tacto. “Para que no se arruinen las uñas”, me explicó, y fue ella
quien se hizo cargo del detergente a base de colágeno que estaba en la cocina.
Una nochecita, cerca de la hora de cierre, el encargado me
ordenó sacar la basura en unas bolsas grandes y pesadas. Yo cumplí la tarea con
dificultad y enojo: podría haberme ayudado ya que tenía brazos más fuertes que
los míos. Flora vino otra vez a mi encuentro: “siempre responder con una
sonrisa”. A partir de allí, contesté a los pedidos del jefe con esas sonrisas
que duran más tiempo que las normales, que son impenetrables y falsas, como las
de esa gente que quiere parecer feliz.
Hubo otras equivocaciones: le vendí a un señor muy elegante
que me daba charla una docena de pancitos de ajo cuando me los había pedido con
semillas de sésamo. Me sentí mal y se lo confesé a Flora, que me guiñó un ojo y
dijo que ningún cliente se había quejado de mí.
Mi mayor torpeza fue dejar caer una porción de cheesecake de
frutos rojos. Un budín o un pan de centeno no hubieran sido tan lamentables. La
torta, demasiado fresca, explotó en el piso de forma gelatinosa. “Que me lo
descuenten del sueldo”, dije a Flora con desesperación. El encargado no estaba
en el local, pero Flora tomó de inmediato una espátula y, como una delicada
restauradora, construyó la torta de mascarpone, y en menos de dos minutos logró
colocarla en su encastre de celofán. La presentó a la venta como algo
delicioso.
Unas horas después, ingresó un hombre de aspecto sereno.
Tendría unos cincuenta años. En ningún momento sonrió, parecía reflexivo, como
quien se queda pensando después de terminar un buen libro. Para mi desgracia,
ese supuesto lector, ese buen hombre, pidió una de las tortas de la bandeja
donde se encontraba la astucia de Flora, donde se escondía mi crimen. “Alicia
pasó el lampazo esta mañana”, me susurró Flora al notar mi cara de angustia, y
le vendió la torta al cliente con una sonrisa cordial que duró mucho tiempo.
Mi respeto por Flora pasó de la admiración al ocaso de un
ídolo. Quise decirle que lo que había hecho no era necesario, pero me quedé en
silencio como una niña obediente de 20 años. Mi dilema era cómo considerarla;
por un lado, le debía favores; por otro, me sentía culpable por el cliente.
Hubo otro asunto con una anciana. Las masitas de
chocolate, todas iguales, no lo eran para ella, que tenía un ojo exquisito:
“Quiero esta. No. Mejor aquella”, le decía la señora a Flora, que tenía la cara
roja de furia y le dolía la cintura de tanto reclinarse por encima de la
bandeja. La señora finalmente se decidió por seis masitas, todas del
mismo gusto, idénticas para nosotras.
Duré treinta días en aquel empleo y renuncié. Quise quedarme unos días más después del incidente del cheesecake, como para cobrar el sueldo correspondiente. Las piernas se
me llenaron de arañitas; las uñas se mantuvieron
en forma. Aprendí a sonreír a personas que no me caían bien. Empecé a estudiar
en la universidad a tiempo completo. Cuando voy a una panadería, hago enojar un
poco a las vendedoras, que no me entienden: una factura de crema pastelera
nunca puede ser igual a la otra.
Entrevista a mi abuela
en un McDonald’s
—Contame algo de tu infancia, nonna.
—Muy feliz. Comíamos membrillo para fin de año. Cenábamos té
de boldo con pan. Nuestra casa estaba justo enfrente de la escuela y de la
iglesia, sobre Avenida de los Fresnos, en esa época era una calle de tierra, si
vieras cómo está ahora. Mientras el sacerdote le daba la bendición a papá, que
estaba muriendo, por la ventana se veía el cementerio. Yo tenía ocho años. Mis
hermanas más grandes decían que papá había nacido en Rusia y nosotras decíamos
en Alemania. Después me enteré que Bremen había pertenecido a Rusia. Así que
papá era ruso y era alemán. Mamá hablaba el alemán. Yo lo hablé hasta los seis,
pero no me acuerdo casi nada. Pedime el combo del día. Cualquiera está bien. La
gaseosa Coca no, Sprite con un cubito.
─El hielo viene triturado, nonna.
─Entonces muy poco.
─ ¿Y qué edad tenías cuando te fuiste de tu pueblo?
─Ocho. Nueve. Me llevaron a Buenos Aires para cuidar al hijo
de un primo de mamá. Cuando volví, ya de grande, no es pueblo, es aldea; me
encontré con mi amiga de la escuela, ella nunca se fue. De chicas andábamos
siempre juntas, estoy sin almorzar. Y una servilleta. Ella tenía un novio, y el
amigo del chico era novio mío. Lindos los dos. Mi amiga me dice: te presento a
mi marido, ¿te acordás? No, no me acuerdo, quién será, él era tu novio.
Traidora, le dije. Yo me casé a los quince en una catedral, pero no me casé de
blanco, me casé de celeste. Escuchame, necesito que me consigas un cuaderno y
una lapicera.
─Si, claro. ¿Para qué necesitás un cuaderno y una lapicera?
─Tengo que hacer cuentas.
─Bueno, te los compro. Voy a buscar el pedido.
─Dale.
─Si estás de acuerdo, me gustaría escribir todo esto que me
contaste sobre tu infancia.
─Sí. Me parece bien.
─Bueno, gracias.
