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jueves, 26 de febrero de 2026

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Primer día

 

La joven madre no tiene leche en el cuerpo para lactar a la niña recién nacida que llora con espasmos y no puede esperar. El sanatorio cuenta con mujeres que ofrecen ternura para que sus bebés comiencen a vivir en un ambiente calmo, amoroso y seguro. Una niña hambrienta y una madre que no puede alimentarla rompen la armonía del cuarto esa tarde de noviembre.

La compañera de cuarto ofrece a la madre de la niña uno de sus senos para calmar el hambre de la bebé y así restablecer la paz en el sanatorio.

La boca infantil se prende al pecho de la extraña y bebe la leche natural. Toca a la mujer y rápidamente se acostumbra a la textura de su piel, al olor del cuerpo limpio y perfumado. Le agarra el camisón y sonríe hasta quedarse dormida. Una vez en calma, regresa al cuerpo de su madre biológica. La mano de la niña agarra el camisón, sonríe dormida, huele la piel enjabonada y el perfume. En la somnolencia busca el pecho que le dio felicidad, pero es otro. 

 

Objeto inanimado

 

Abraza una muñeca de trapo donde termina el borde de la obra en construcción. No siente miedo ni sabe que está en una zona peligrosa de la casa. La niña tiene un año de edad y un lenguaje incomprensible o un silencio que le impide anunciar que va a tirarse desde ese primer piso en compañía de un objeto textil.

La muñeca tiene cabello de lana roja. Le ofrece un cuerpo cálido y una sonrisa firme. Las partes íntimas de la niña están envueltas en un pañal de tela, los pies descalzos, en estado perfecto para morder el piso y tomar envión.  

Su madre escucha la radio, canta tangos mientras barre el piso o se come las uñas con ojos abstraídos. Tendrá unos veinte años. El padre trabaja en una fábrica de neumáticos a temperaturas muy altas; llegará cansado y fuera de horario.

La encuentran más tarde, inconsciente, sobre el montículo de arena que le salvó la vida. Pero nada puede compararse a la mano de una muñeca. 

Los médicos la asisten en el hospital. Los padres la cuidan en la terapia intensiva. Ahora busca a su muñeca con las manos despiertas, la mirada atenta y la respiración irregular, pero no aparece.   

 

Verano

 

La pileta es redonda y tiene bordes amarillos inflables. El agua es baja y clara, suficiente para lo que pueda suceder, como apagar el calor. La niña tiene en las manos una percha para colgar camisas, fabricada con plástico y alambre barato. Tiene la edad en que están saliendo los primeros dientes, así que casi todo sucederá en su boca: la materialidad es blanda, pero también es rígida, como un mordedor de última generación. Las encías muestran un color rosado que cada vez se vuelve más intenso. La forma del objeto fascina y extraña; las manos pequeñas lo giran, lo elongan, lo envuelven con los dedos apretados. El objeto regresa a la boca una y otra vez hasta que se vuelve familiar y placentero para los huesos invisibles que pronto se convertirán en dientes. Más tarde, el gancho del objeto cuelga por debajo de la lengua y las encías lo aprietan hasta que la boca empieza a sangrar. La niña observa cómo el agua se va tiñendo de rojo hasta que el juego se convierte en dolor y lágrimas. El llanto advierte a la madre de que algo está mal. La mujer intuye una nueva y terrible travesura de la niña exploradora. Entonces se acerca.


Un regalo

 

Deshice las vainillas, las mezclé con dulce de leche, uní los ingredientes con las manos limpias, convertí la pasta en pequeñas esferas y las hundí en coco rallado. Luego armé una cajita de cartón, la pinté con témpera de distintos colores, le pegué brillantina dorada y retazos de tela roja a lunares blancos. Terminé el diseño con un moño amarillo de papel crepé. Si la maestra de sala de cinco me había felicitado, seguro que mi madre iba a recibir el presente con un abrazo y una sonrisa; y ese día, seguro que me llevaba a jugar a la plaza de la calesita. Esa tarde, iba a agarrar la sortija de la mano del señor antipático que casi nunca la soltaba.

Sonó el timbre de salida y caminé de la mano de una celadora hasta el micro escolar con la cajita en la mano. El viaje fue más largo que nunca. Viajé sentada sola, como siempre. No tenía amigos en el jardín; en el recreo jugaba sola y comía la merienda que me regalaba mi abuela. Lo único que quería era llegar para que mi mamá se pusiera contenta con el regalo que yo había hecho. Cuando el vehículo se detuvo en la puerta de mi casa, la celadora me ayudó a bajar y me entregó a mi madre. Subimos la escalera por separado; yo sabía cómo subir una escalera. Mi madre no notó la presencia de la cajita en mis manos, acostumbrada a que trajera manualidades a la casa luego de la jornada escolar. Cuando llegamos al comedor del primer piso, le entregué el regalo del Día de la Madre y le dije: hoy aprendí a hacer bombones, feliz día. Ella sacó el moño amarillo, despegó la cinta de tela a lunares rojos, y rompió la parte superior del envoltorio. Tomó un bombón y lo introdujo en su boca, después otro y luego otro, hasta que la caja quedó vacía. Sus movimientos fueron precisos, pero su mente estaba atrapada en alguna obsesión que transportaba su mirada lejos de mis ojos expectantes. ¿Están ricos? Pregunté, mi madre solo asintió con ínfimos movimientos de su cabeza y así fue que la respuesta era sí.

 

Instrucciones

 

Con el tiempo, mi musculatura, mi devoción y mi destreza se convierten, para mi madre, en fuerza de trabajo. Tengo ocho años y, al llegar de la escuela, me encuentro en distintas partes de la casa cuidando a mis dos hermanas menores. ¿Para qué contratar a una extraña cuando se tiene una hija mayor?

Antes de salir a trabajar, mi madre me deja una lista de tareas:

Hacer las camas

Barrer

Cocinar algo liviano

Terminar los deberes de ciencias naturales

Lavar los platos

Especialmente, lavar los vasos con meticulosidad hasta que queden totalmente transparentes. El agua y el vidrio deben verse idénticos al ser examinados a la luz del sol.

Uno de esos días tan parecidos en que una copa muestra una suciedad rebelde, tomo una esponja de alambre y la encierro con mi mano en forma de puño con movimientos giratorios. Es intenso el deseo de perfección, de recibir el reconocimiento de mi madre al inspeccionar la vajilla. El puño funciona aceitado por la mezcla de agua, lavandina y detergente. El vidrio se lastima con las hebras del metal, el puño se expande hasta que la copa estalla en pedazos. Mi mano infantil, con torpeza, da uno o dos giros más sobre el cristal partido. La piel se corta profundamente y la mano, ahora extendida, empieza a sangrar en abundancia. Busco un trapo mojado y envuelvo la herida, luego la cubro, tontamente, con una gasa y una cinta de plástico adhesivo.

Son aproximadamente las tres de la tarde. En el hospital, la piel de la mano es reparada en cuatro o cinco puntos. Desde entonces, mi madre cree más conveniente contratar a alguien para realizar las tareas del hogar y cuidar a las niñas.

 

Escuela religiosa

 

Debía confesarme por primera vez con un sacerdote, por la mañana, en la iglesia de la escuela. Había que hacer fila porque pronto las chicas de cuarto grado iban a tomar la primera comunión. Ni las maestras ni las hermanas religiosas nos habían dicho de qué se trataba el momento privado con aquel señor; solo sabíamos que había que confesar nuestros pecados. A esa edad, yo me consideraba una buena persona y pensaba que nunca había hecho algo malo. Realmente no sabía qué debía decirle al párroco que nos esperaba sonriendo, con sus rodillas sobre una construcción de madera, vestido con una túnica blanca. Las palmas de sus manos en posición de rezo.

No sentí miedo ni vergüenza, porque no tenía nada que ocultar. Las compañeras que salían de confesarse no contaban nada de lo sucedido adentro del cuarto. Quise preguntar a alguna de mis amigas qué había que hacer, qué les había dicho el sacerdote, pero no me animé, ante el silencio culposo en el que estábamos sumidas.

Cuando llegó mi turno, saludé al sacerdote con respeto, me arrodillé, puse las manos en posición de rezo con un rosario entre mis dedos, e improvisé unas palabras:

  

—Padre, mi amiga Carla está enojada conmigo, pero yo no le hice nada. ¿Usted podría hablar con ella para que quiera ser mi amiga otra vez?

  

El sacerdote se cubrió la cara con las manos para contener la risa. Entendí que lo que dije estaba fuera de lugar. Cuando terminó de reírse, siguió hablándome de Jesucristo y de Dios Padre. Después rezamos juntos un Padre Nuestro y un Ave María. Como él se persignó, yo hice lo mismo, luego bendijo mi frente con agua en forma de cruz y nunca respondió a mi pregunta.

 

 Reconstrucción

 

Bien podría haber sido la niña mimada que se le cayó a su madre desde un primer piso, pero por algún motivo, ella eligió otro lugar para mí. Y tal vez por costumbre, me fui especializando en distintos campos del saber cotidiano. 

Si hacía muchas cosas por mi madre, era porque la admiraba. Una vez vino a retirarme de la escuela vestida con un chaleco amarillo y blanco de Adidas, unos jeans que le ajustaban el cuerpo delgado, zapatillas de lona celeste, y anteojos de sol que le oscurecían un poco la piel demasiado blanca. El pelo rubio ondulado formaba una cabellera desprolija y joven. Se había pintado la boca de rojo. Mis compañeritas de clase me dijeron: "Qué linda es tu mamá". 

En el barrio la querían porque era una bromista calificada, y, con su forma de ser avasallante, era la referente de los vecinos, a quienes ayudaba de distintas formas. En su cuadra la apodaban Ringo Bonavena, por el famoso boxeador, debido a que, a sus 14 años, le pegó a un tal Vicente hasta dejarle la nariz ensangrentada por haberse burlado de su hermano.

Si caminaba por la calle, la gente conocida se alegraba de verla, seguramente porque los había hecho reír de algún modo. Yo no podía más que estar orgullosa de ella. Qué lindo era tener una madre así. No conocía a ninguna otra igual.  

¿Cómo no complacerla? Cuando mi madre discutía con mi padre, me golpeaba el cuerpo con palmadas violentas, y después apretaba mi cara contra la suya, me daba besos en la frente y me acariciaba el pelo; y aunque a mí ese contraste no me gustaba, sentía que mi deber era aceptar ese tipo de cariño.

A pesar de la buena relación que tenía con la gente, mi madre desconfiaba del mundo. En ese sentido, siempre veló por la seguridad de sus tres hijas pequeñas: en la guantera de su auto, que nunca dejó manejar a mi padre, creo que llevaba un revólver, por si alguien se atrevía a meterse con nosotras.

Desde niña empecé a preguntarme qué debía sentir por mi madre.

 

Hace unos días dije a mi madre que estoy escribiendo algunos textos sobre mi infancia, pero no le dije qué contienen. Creo que debe imaginarse de qué tratan. A veces las dos hablamos del tema como comentar las noticias o asistir a una función de teatro donde somos protagonistas y público; incluso recordamos episodios traumáticos con la misma liviandad con que nos reímos de las anécdotas familiares.

Podemos hablar de ese modo porque no le guardo rencor. No le menciono el motivo por el cual no tengo resentimiento porque no entramos en confidencias. Estas páginas no son una venganza literaria por una razón muy simple: el tiempo de ser niña ya pasó, como pasa todo.

A mi madre no le interesa la lectura; dudo que algún día lea esto. Le pido que me relate episodios de mi infancia para que yo los escriba y ella acepta sin problemas.

 

John Cage

 

Tipeo en las notas del celular con una sola mano porque no sé tipear con las dos. Esta modalidad se parece un poco al tempo y a la composición que permite la escritura física. Dicen que no es posible escribir caminando, pero con el teléfono móvil, se puede; al menos yo lo hago para atrapar algunas ideas. A veces abordo la escritura de forma instantánea, como para escapar a la secuencia narrativa. No quiero saber cuál será la siguiente frase, o que necesariamente se relacione con la anterior. John Cage, un músico experimental, proponía lo mismo en los años 60 para componer música. Partir del silencio y no saber qué nota sigue a otra. Evitar el canon melodioso. Dijo John Cage sobre sí mismo que no tenía talento para la música y que no podía ejecutar bien un instrumento musical. Pero sus obras y sus procedimientos se convirtieron en objeto de estudio y de inspiración. 

 

Teatro para un espectador


En un festival internacional de teatro presencié una obra en miniatura. A través de un pequeño hueco, del tamaño de un ojo, podía verse la obra para un espectador. Las muñecas diminutas se movían dentro de una caja de madera iluminada; eran mujeres de alambre que recolectaban arroz. “Todo cabe donde se quiere” era el título del espectáculo o el leitmotiv; no lo recuerdo. Fui feliz por el tiempo que duró la obra: tal vez un minuto. Después me tomé el tren en Retiro y volví a mi casa. 


Una lectura

 

Suena una canción de Romeo Santos mientras leo a Amélie Nothomb en la cafetería más cercana a mi domicilio. No soy bienvenida en este lugar, lo sé, pero sigo viniendo, siempre con mis libros. Me dispongo a leer en una de las mesas y me suben la música. Sin embargo, logro seguir la línea de la narración. Incluso tomo nota en mi celular de palabras que nunca uso: voluptuosidad, poderío, notoriedad. Las tomo de la novelita que tengo entre mis manos: Diario de golondrina. Las escribo en las notas digitales para recordarlas porque mi estilo es simple; utilizo un lenguaje acotado. Quiero escribir, pero no tengo papel o lapicera o mi computadora en este momento.

Mi cuerpo está atento a la ficción de Nothomb y a la realidad del ambiente. Me siento observada, aunque tal vez son solo ideas mías. Estoy en el café y no lo estoy. No importa. Frente a mi computadora puedo usar el tiempo presente.

Ya es hora de irme porque necesito ir al baño, no me gustan los baños públicos. Leí dos capítulos de la novela de la autora belga, a pesar de que esperaban que me fuera pronto. No pude escribir, pero estoy escribiendo ahora como si todavía estuviera en la cafetería. Me fascina el café de ese lugar: sabe fuerte, negro y sin leche. Está hecho con la espuma que produce una máquina y las manos de alguien a quien no le gusta su trabajo, aunque ame otras cosas. El vidriado está limpio y deja pasar la luz solar de forma transparente. O son las tres en punto de la mañana y el living está iluminado por una lámpara de bajo consumo. Llego a la cafetería y no sé qué mesa elegir. Pago un extra por el vaso descartable. No hablo con nadie y pongo de mal humor a las meseras que me asisten: ¿podrías agregarle un vasito de plástico con agua? No es mucho lo que pido, pero sé que les resulto insoportable. Especialmente cuando me cobran y me aclaran que mi pedido tiene recargo, aunque nunca me quejo por eso. Tal vez solo escribo para mí.

 

Las páginas de la mañana

 

The morning pages es una sección del libro de Julia Cameron, El camino del artista, una obra de filosofía liviana con ejercicios de aproximación pedagógica conductista. El manual despliega un método que ofrece herramientas para desbloquear y explorar emociones y pensamientos mediante la escritura. El libro se publicita en Google Books: “La mayoría de nosotros anhelamos ser más creativos y muchos creemos que serlo es imposible porque, en realidad, no lo somos”. 

La técnica del libro busca desarrollar el fluir de la conciencia en tono confesional. Consiste en escribir sin interrupciones apenas uno se levanta de dormir; y completar tres páginas con lo primero que aparezca en la mente. Aunque Cameron aclara que esta técnica “no pretende ser arte”, “ni siquiera escritura en sentido literario”, de hecho, agrega que no es un libro para escritores, sino que la escritura es una herramienta más: “Las páginas están concebidas para que nos familiaricemos con el acto de mover la mano a través del papel y volcar en él todo aquello que te pasa por la cabeza, sea lo que sea. Incluiremos todo, por nimio, por tonto, estúpido o raro que pueda parecer”.

Un ejercicio privado, para no mostrar, para acumular páginas escritas dentro de cajas. Una especie de diario personal para principiantes. Reivindico ese libro lleno de frases disparadoras para completar blancos, de una estructura simplista, por momentos obsoleta. Digo que valoro esa obra porque genera un tipo de escritura libre, sin juicios; una escritura que no permite exhibir el ego. Ese libro me enseñó a escribir para mí, sin que me importe nada. Por muchos años, llené una gran caja con las páginas de la mañana. Un día decidí quemarlas. Ese tipo de escritura está pensado para desaparecer o para ocultar. Nunca nadie leyó esas páginas, y nunca las releí.

Cuando me quedo en blanco y me pregunto para qué escribo, y pienso que, al momento de publicar mis textos, no les van a interesar a nadie, me acuerdo de las tres páginas de escribir por escribir. Específicamente recuerdo la alegría que me daban esas páginas matutinas, la dicha de cumplir con esa consigna y el efecto de encontrarme con mis pensamientos y emociones más verdaderos.

Las páginas de la mañana son un disparador para no dejar pasar epifanías. Son cerca de las 9:00 a.m. en septiembre de 2025. Pasaron muchísimos años desde la última vez que escribí sin propósito, sin trama ni conflicto, sin personajes, sin la intención de atrapar a un lector. Cuando algo se vuelve hábito, con el tiempo se transforma en necesidad. Esa fue la mejor enseñanza que me dejaron aquellas páginas.

En mi casa tocaron el timbre para entregar el agua de la semana, y después me ocupé en otras tareas. La mayoría de mis textos no llegan a tres páginas. Dejo de pensar un poco en la escritura. Me quedo en blanco. Mi lectura de esta noche será Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. Estuve explorando la obra y ya tengo varias impresiones para registrar. ¿Será posible saber lo que una va a escribir? 

Este texto está editado, por supuesto. Sería imposible recordar con exactitud las citas del libro de Cameron. Empecé a escribir cerca de las nueve de la mañana, y ahora son más de las siete de la tarde. Agregué esta última parte, después de una elipsis de diez horas. Así que creo haber engañado un poco al lector.

Abro un libro al azar, y copio lo que dice: si su vida diaria le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo (…). La frase es de Rilke en el libro Cartas a un joven poeta. Me acompañan dos cuadernos, uno negro a lunares blancos y uno blanco a lunares negros; ambos con ideas para escribir y notas sobre teoría literaria que copié durante clases de escritura creativa. Uno de esos cuadernos, de a poco, se irá transformando en un libro. Este texto no cumple con el concepto de las páginas de la mañana, es solo el resultado de las posibilidades que brinda la práctica del libro de Cameron.  

 

Doce horas

 

Una corporación de logística nos dejaba pan moldeado, cajas con tortas frescas y medialunas congeladas. Había que ubicar los productos en las heladeras y los estantes, encontrar el punto al horno, no equivocarse en los pedidos y ser amable con los clientes. El resto era esperar a que pasen las horas, aguantar el cuerpo y cobrar a fin de mes. Así veía yo aquel trabajo los primeros días.

Flora era empleada en la cadena pastelera desde hacía dos años. Para mí, que solo llevaba cinco días, ese tiempo era muchísimo. Yo trabajaba para pagar los libros —las fotocopias— de la universidad; Flora era de Chivilcoy y me contó que vivía en una pensión en Palermo porque le encantaba Buenos Aires.  Tendría diez años más que yo, aunque conmigo se comportaba como una madre. Su pasión y su talento para vender los panificados al público, sus gestos precisos, sus decisiones impecables me generaban un gran respeto. 

La política del lugar dictaba doce horas de pie, con sesenta minutos de descanso para el almuerzo. No era parte de la cultura de la firma que los empleados se vieran ociosos. En la hora libre yo salía a caminar, algo que Flora me marcó como un error: era más apropiado comer una tarta de vegetales y luego dormir una siesta en uno de los bancos de la cocina, “para que no salgan arañitas en las piernas”.

Otro de mis errores fue lavar una fuente de metal con una esponja de alambre. Flora se acercó con una de goma espuma y la ubicó sobre el metal plateado, de ese modo yo podía lavar haciendo presión con un material blando al tacto. “Para que no se arruinen las uñas”, me explicó, y fue ella quien se hizo cargo del detergente a base de colágeno que estaba en la cocina.

Una nochecita, cerca de la hora de cierre, el encargado me ordenó sacar la basura en unas bolsas grandes y pesadas. Yo cumplí la tarea con dificultad y enojo: podría haberme ayudado ya que tenía brazos más fuertes que los míos. Flora vino otra vez a mi encuentro: “siempre responder con una sonrisa”. A partir de allí, contesté a los pedidos del jefe con esas sonrisas que duran más tiempo que las normales, que son impenetrables y falsas, como las de esa gente que quiere parecer feliz.

Hubo otras equivocaciones: le vendí a un señor muy elegante que me daba charla una docena de pancitos de ajo cuando me los había pedido con semillas de sésamo. Me sentí mal y se lo confesé a Flora, que me guiñó un ojo y dijo que ningún cliente se había quejado de mí.

Mi mayor torpeza fue dejar caer una porción de cheesecake de frutos rojos. Un budín o un pan de centeno no hubieran sido tan lamentables. La torta, demasiado fresca, explotó en el piso de forma gelatinosa. “Que me lo descuenten del sueldo”, dije a Flora con desesperación. El encargado no estaba en el local, pero Flora tomó de inmediato una espátula y, como una delicada restauradora, construyó la torta de mascarpone, y en menos de dos minutos logró colocarla en su encastre de celofán. La presentó a la venta como algo delicioso.

Unas horas después, ingresó un hombre de aspecto sereno. Tendría unos cincuenta años. En ningún momento sonrió, parecía reflexivo, como quien se queda pensando después de terminar un buen libro. Para mi desgracia, ese supuesto lector, ese buen hombre, pidió una de las tortas de la bandeja donde se encontraba la astucia de Flora, donde se escondía mi crimen. “Alicia pasó el lampazo esta mañana”, me susurró Flora al notar mi cara de angustia, y le vendió la torta al cliente con una sonrisa cordial que duró mucho tiempo.

Mi respeto por Flora pasó de la admiración al ocaso de un ídolo. Quise decirle que lo que había hecho no era necesario, pero me quedé en silencio como una niña obediente de 20 años. Mi dilema era cómo considerarla; por un lado, le debía favores; por otro, me sentía culpable por el cliente.

Hubo otro asunto con una anciana. Las masitas de chocolate, todas iguales, no lo eran para ella, que tenía un ojo exquisito: “Quiero esta. No. Mejor aquella”, le decía la señora a Flora, que tenía la cara roja de furia y le dolía la cintura de tanto reclinarse por encima de la bandeja. La señora finalmente se decidió por seis masitas, todas del mismo gusto, idénticas para nosotras. 

Duré treinta días en aquel empleo y renuncié. Quise quedarme unos días más después del incidente del cheesecake, como para cobrar el sueldo correspondiente.  Las piernas se me llenaron de arañitas; las uñas se mantuvieron en forma. Aprendí a sonreír a personas que no me caían bien. Empecé a estudiar en la universidad a tiempo completo. Cuando voy a una panadería, hago enojar un poco a las vendedoras, que no me entienden: una factura de crema pastelera nunca puede ser igual a la otra.

 

Entrevista a mi abuela en un McDonald’s

 

—Contame algo de tu infancia, nonna.

 

—Muy feliz. Comíamos membrillo para fin de año. Cenábamos té de boldo con pan. Nuestra casa estaba justo enfrente de la escuela y de la iglesia, sobre Avenida de los Fresnos, en esa época era una calle de tierra, si vieras cómo está ahora. Mientras el sacerdote le daba la bendición a papá, que estaba muriendo, por la ventana se veía el cementerio. Yo tenía ocho años. Mis hermanas más grandes decían que papá había nacido en Rusia y nosotras decíamos en Alemania. Después me enteré que Bremen había pertenecido a Rusia. Así que papá era ruso y era alemán. Mamá hablaba el alemán. Yo lo hablé hasta los seis, pero no me acuerdo casi nada. Pedime el combo del día. Cualquiera está bien. La gaseosa Coca no, Sprite con un cubito.

─El hielo viene triturado, nonna.

─Entonces muy poco.

─ ¿Y qué edad tenías cuando te fuiste de tu pueblo?

─Ocho. Nueve. Me llevaron a Buenos Aires para cuidar al hijo de un primo de mamá. Cuando volví, ya de grande, no es pueblo, es aldea; me encontré con mi amiga de la escuela, ella nunca se fue. De chicas andábamos siempre juntas, estoy sin almorzar. Y una servilleta. Ella tenía un novio, y el amigo del chico era novio mío. Lindos los dos. Mi amiga me dice: te presento a mi marido, ¿te acordás? No, no me acuerdo, quién será, él era tu novio. Traidora, le dije. Yo me casé a los quince en una catedral, pero no me casé de blanco, me casé de celeste. Escuchame, necesito que me consigas un cuaderno y una lapicera.

─Si, claro. ¿Para qué necesitás un cuaderno y una lapicera?

─Tengo que hacer cuentas.

─Bueno, te los compro. Voy a buscar el pedido.

─Dale.

─Si estás de acuerdo, me gustaría escribir todo esto que me contaste sobre tu infancia.

─Sí. Me parece bien.

─Bueno, gracias.